La sociedad de Esparta se basa casi siempre en la imagen de soldados marchando en formación, pero detrás de los escudos existía un pueblo que amaba la música, que valoraba la familia a su manera y que compartía una de las formas de convivencia más peculiares de la historia humana. En el centro de esta comunidad latía un profundo deseo de igualdad entre los suyos, los llamados esparciatas, quienes se autodenominaban "los iguales". Esta igualdad no se medía por la riqueza acumulada, sino por un estilo de vida compartido donde el lujo estaba mal visto y la sencillez era la mayor virtud. Para ellos, la vida no se vivía hacia dentro, en la privacidad del hogar, sino hacia fuera, en las plazas, en los campos de entrenamiento y en los comedores comunitarios. Al nacer un bebé, los ancianos de la tribu lo visitaban para evaluar si el nuevo miembro del clan tenía las condiciones para resistir las exigencias de una vida guerrera; si el pequeño era aceptado, se le bañaba en vino en lugar de agua, una costumbre tradicional con la que creían que se fortalecía el cuerpo y se probaba el temperamento desde el primer suspiro.
Los primeros siete años de un niño transcurrían en el hogar,
rodeado del afecto de su madre y de nodrizas que eran famosas en toda Grecia
por su paciencia y sabiduría. Estas mujeres criaban a los niños sin pañales, permitiendo que sus cuerpos se movieran en total libertad, y les
enseñaban a no temer a la oscuridad ni a la soledad, educando niños
independientes pero emocionalmente arraigados a su tierra. Sin embargo, al
cumplir los siete años, el entorno familiar cambiaba drásticamente. El niño pasaba
a formar parte de un grupo de su misma edad bajo el Estado. Aunque
este sistema suele verse como un frío internamiento, para los jóvenes
espartanos era el espacio donde construían sus amistades más leales, las que
durarían toda la vida. Aprendían a leer y a escribir lo justo y necesario, pero tambien se ponía un énfasis en la música, la poesía y la danza. Estas expresiones
artísticas no eran un simple pasatiempo, sino el pegamento emocional que los
unía, una forma de sentir que todos vibraban bajo el mismo ritmo y la misma fe
en sus dioses.
Mientras tanto, las niñas espartanas vivían una realidad
completamente diferente a la de cualquier otra mujer en la antigüedad. Mientras
en ciudades como Atenas las mujeres pasaban la vida recluidas en las
habitaciones más ocultas de la casa, dedicadas exclusivamente a tejer y a coser
en silencio, las espartanas se adueñaban de las calles y de los campos de
ejercicio. Ellas también se educaban en grupos, cantaban en festivales públicos
y practicaban atletismo, lucha y lanzamiento de disco y jabalina. Esta libertad
física tenía una base muy humana: los espartanos creían firmemente que solo las
mujeres sanas, fuertes y felices podían engendrar hijos con esas mismas
cualidades. Las mujeres en Esparta eran dueñas de sus tierras, gestionaban la
economía familiar cuando los hombres estaban ausentes y expresaban sus
opiniones con total libertad, incluso en asuntos políticos, siendo respetadas y
escuchadas por los hombres de la ciudad como verdaderas compañeras de vida.
El matrimonio en Esparta también guardaba rituales muy
extraños y significativos. Se trataba de un pacto íntimo. En la noche de bodas,
la novia se cortaba el cabello al rape y se vestía con ropas masculinas y
sandalias sencillas, esperando al novio en una habitación a oscuras. Este
simbolismo buscaba suavizar la transición para el joven espartano, quien estaba
acostumbrado a vivir únicamente entre hombres en los barracones. Tras el
encuentro, el novio regresaba silenciosamente a su dormitorio común con sus
compañeros, ya que las leyes no permitían que los recién casados vivieran
juntos de inmediato. Durante los primeros años de matrimonio, los esposos solo
se veían a escondidas, en la clandestinidad de la noche, lo que según los
escritores antiguos mantenía viva la pasión y el deseo, haciendo que cada
reencuentro fuera una celebración del amor y no una rutina. Cuando el hombre
cumplía los treinta años, finalmente alcanzaba la madurez social y se le
permitía dejar los barracones para mudarse a su propia casa con su esposa e
hijos, además de poder dejarse crecer la barba y el cabello largo, que peinaban
con esmero como símbolo de su condición de hombres libres y plenos.
Sin embargo, la sociedad estructurada y aparentemente
pacífica para los espartanos tenía un reverso oscuro y doloroso en los
cimientos de su sociedad: los ilotas. Los ilotas eran los habitantes
originarios de las tierras vecinas que habían sido conquistados y convertidos
en siervos del Estado. No pertenecían a un dueño individual, sino a toda la
comunidad espartana. Eran ellos quienes realizaban todas las tareas domésticas
y pesadas de la ciudad. Gracias al trabajo incansable y silencioso de los
ilotas, los ciudadanos espartanos disponían de todo su tiempo libre para
dedicarse a la vida pública, el ejercicio y las artes. Pero los ilotas vivían
en condiciones de profunda humillación y constante vigilancia. Los espartanos,
al ser una minoría en su propia tierra, sentían un miedo perpetuo a que los
ilotas se rebelaran, lo que los llevaba a tratarlos con dureza.
Entre la élite espartana y los sirvientes se encontraban los
periecos, un grupo de hombres libres que habitaban en las ciudades costeras y
montañosas de los alrededores. Los periecos no tenían derecho a votar ni a
participar en las decisiones de la gran ciudad, pero gozaban de autonomía en
sus propias localidades. Eran los artesanos, los comerciantes y los
metalúrgicos de la región. Como los ciudadanos espartanos tenían prohibido por
ley tocar el dinero de oro o plata y dedicarse al comercio para evitar la codicia,
los periecos eran indispensables.
La espiritualidad y la religión también constaba en cada
rincón de la sociedad en Esparta. No eran un pueblo que viera a los dioses como
figuras lejanas, sino como quienes guiaban sus pasos. Sentían una devoción
absoluta por el Oráculo de Delfos y jamás tomaban una decisión importante, como
sembrar un nuevo cultivo o iniciar un viaje, sin consultar las señales de los
dioses a través de los sacrificios.
Finalmente, la vejez en Esparta recibía una consideración y un respeto que conmovía al resto de Grecia. En una cultura donde la fuerza física era tan importante, podría pensarse que los ancianos eran dejados de lado, pero ocurría exactamente lo contrario. Los años venían acompañados de un inmenso prestigio social. Los jóvenes cedían el asiento en los lugares públicos al ver pasar a un anciano y guardaban silencio respetuoso cuando uno de ellos tomaba la palabra en la plaza del mercado. Además, los hombres mayores de sesenta años eran los únicos que podían ser elegidos para formar parte de la Gerusía, el consejo de ancianos que aconsejaba a los reyes y guiaba la política de la ciudad.
Al morir las tumbas espartanas no tenían nombres ni reconocimientos,
reflejando la creencia de que todos eran iguales tanto en la vida como en el
descanso eterno de la muerte; solo a las mujeres que fallecían durante el parto
y a los hombres que caían sirviendo a la comunidad se les permitía grabar su
nombre en la piedra, como un último homenaje de una sociedad que entendía que
dar la vida por el futuro de la comunidad era el acto de amor más grande que se
podía realizar.
- https://www.worldhistory.org/trans/es/1-197/esparta/
- https://education.nationalgeographic.org/resource/sparta/
- https://elhistoriador.com.ar/esparta/
- https://historyguild.org/sparta/
- https://study.com/academy/lesson/daily-life-in-sparta.html
- https://www.elcorreo.com/vizcaya/ocio/201402/11/como-era-los-espartanos.html

